martes, 17 de mayo de 2011

Percepciones

Las luces tintineantes de colores, bailando de un lado a otro, se entremezclaban con frivolidad. Era un ambiente cálido, pero distante. Ni bien sumergí mi cerebro dentro de esa alucinación artificialmente alucinada me sentí en una película argentina. Pero de esas que te penetran, esas que le gustan ver a Sofi cerca de nochebuena. Bien depresiva.
Los tipos parecían osos de peluche de los 90, borrachos, pseudogrises y matelaseados. Las chicas dibujaban círculos con sus caderas embebidas en unos pantalones brillosos, como de gelatina.
La música acompañaba la escena, sólo faltaban lamparitas de colores enrolladas en alguna soga, o algún que otro tubo fluorescente con papel celofán o crepé que intentara darle "ambiente" a la cosa.
La gente jugaba a divertirse. A liberar el cuerpo, el alma, y su más allá en esa danza etílica y solitaria. A ser eso que siempre tenía ganas pero no se atrevía.
Como esas veces cuando uno ve un culo, o una boca y sin reparar demasiado en la circunstancia se sumergería hasta lo más profundo del túnel para dejarse llevar.
Pero ellos ni siquiera  lo presienten.
Porque están como enflautados en unos moldes de cartulina berreta, roja, que los hiela ante la perturbación de saberse hombre y mujeres con instintos. Prefieren hundirlo todo en el fondo de los fondos, como a cualquier  objeto que amenace con representar una presencia. 
Ante el estupor prefieren dejar danzar a sus cigarrillos, esperando al instante, en el que el coraje les hierva la sangre y tan sólo puedan










 dejarse bailar.

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