lunes, 27 de enero de 2014

Espirales

El olor a espiral es olor a la casa de mis abuelos en verano.
La persiana baja, las luces del camino filtrándose por entre sus ranuras y las ramas del tilo de la puerta.
La ensalada de tomates en una fuente de lata, mi abuela y yo, las últimas en levantarnos de la mesa, gozábamos humedeciendo el pan en ese charquito de jugo de tomate, aceite de oliva y orégano. 

Enero a veces, siempre, cada tanto se hace interminable. 

Entonces pienso en otros veranos. Veranos inútiles, veranos olvidados, veranos en la pelopincho naranja. 

Los rayitos de sol en la maceta, la casita improvisada entre el tender y un toallón en la terraza. Las tardes con el palo de escoba como único protagonista de un repertorio que casi siempre empezaba diciendo que el mundo fue y será una porquería. 
El colectivo acercándose y yo, refugiándome detrás de las ramas. Si algún viajero me descubría cantando en la terraza el mundo se desvanecía, la vergüenza me paralizaba y ya no podía seguir jugando. 

Enero a veces, sólo empieza y nunca termina.

Entonces pienso en el verano pasado. En un verano inútil, en todos los veranos que no me acuerdo y en el regador humedeciendo el pasto. 


El olor a espiral siempre es olor a la casa de mis abuelos en verano. Aunque en los distintos lugares que oficiaron de hogares siempre lo haya invocado; aunque los haya prendido de a dos o tres, para cerrar los ojos y poder volver a encontrarme ahí. Aunque pueda agarrar la bicicleta, pedalear unas pocas cuadras y sentir el olor original, la luz y el calor de la casa de mis abuelos.

 Prefiero la invocación. 

Porque el olor a espiral siempre es mejor cuando cierro los ojos e imagino una noche de verano en la casa de mis abuelos y a alguien preguntándole a Catita  si quería comer uvas.

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