El boquete ya estaba en la casa cuando me mudé allí. Siempre me había parecido curioso que una señora tan mayor como Sarita no hubiese temido a semejante agujero.
La casita era encantadora. Tenía una cocina como las de los cuentos de Truman Capote, una habitación como la del hotel de Bosque, un zaguán como los que contaba mi abuela, un jardín como el de la Ciénaga. Y lo fundamental era que tenía suficiente espacio en el techo para aterrizar mi helicóptero.
A cualquiera le hubiese parecido el sitio perfecto para estarse allí intentando escribir un poco. Alejado de todas las cosas de las que uno quería estarse lejos.
Cruzando la calle, unas quince cuadras para allá había una despensita con las provisiones suficientes para subsistir durante toda mi estadía en aquel lugar.
Los primeros días fue un lugar encantador. Su atmósfera de damajuanas me hacía sentir una chica lo suficientemente feliz como para no tener deseos de pensar en todo aquello.
Una tarde decidí que le dedicaría la noche entera al boquete. Un vaso de plata que cabía en la palma de mi mano, un cuaderno manchado y una lapicera eran la compañía suficiente para ese tipo de empresa.
En un principio creí que lo del boquete era cosa de borrachos. Mientras lo analizaba noté que se veía la terraza y decidí sumergirme por entre los restos de ladrillos de los años veinte que se veían por ahí. Decorados con costras de pintura de millones de años, algún que otro pedacito de papel, de esos que estaban a la moda en otra época.
Me metí por el agujero decidida a trepar hasta la terraza y volar un poco en mi helicóptero de agua.
Un chistido me llamó la atención. Volví a pensar en que era otra de mis alucinaciones de vino. Pero no. Ahí estaba el enano de la puerta. Vestido con su bonete rojo, su jardinero amarillo y su cárdigan verde. Me chistaba, me hacía señas con el dedito índice de yeso.
Acá piba!
Acá!
La lapicera rodó de mi mano izquierda hacia el suelo y casi lo deja sin ojos.
Por qué estás tan triste? Me preguntó.
No respondí
Insitió. Pero si se te ven los huesos y tenés la cara gris, además de 23 damajuanas vacías en el fondo.
Lo miré, alucinada.
Le dije que la vida era como una autopista y que la mía tenía embotellamiento crónico.
Cambié de tema.
En ese caso sólo tendrías dos opciones, refutó.
Tomé un trago y lo miré con incredulidad.
Y sí, dijo.
O saltás al vacío, o esperas un poco a ver si el embotellamiento se evapora o, con un poco más de suerte, se prende fuego.
Le agradecí.
Me paré como para irme, me dolían las piernas de estar agachada.
Lo miré de nuevo.
Sí, ya sé. Pero sólo una cosa te puedo decir: el boquete es sólo eso.
Me despedí.
Trepé a la terraza. Me tiré al suelo. Y fue la primer noche en que dormí con una certeza.
Mi amiguita linda! el embotellamiento es largo por que el peaje es bastante caro. Dormir en la terraza es la mejor opción.
ResponderEliminartinto y lapicera!!!!
me encanto esta alucinación etílica