Son tan puros que lo humano les aburre.
Lo ordinario los invade y sus manos no pueden estarse quietas.
Son sacerdotes en una vida en la que el tiempo transcurre impoluto.
Son los representantes de la involución humana y sus cerebros atrasan más que los relojes de Constitución.
Alguna que otra vez le metieron la mano por debajo de la sotana a las monjitas.
Y les gustó tanto que empezaron a contar para atrás los minutos.
Esperando a que llegara el momento en que todo había comenzado.
En que la cruz y la carne habían sellado sus destinos.
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