Mientras pienso y repienso si es importante o no ponerle un título a las cosas, por si acaso, no escribo ninguno.
Inexplicablemente el título inexistente me lleva a una nube. Como de tormenta. De esas nubes a las que uno mira y no sabe si tendrán entre sus manos jabonosas, la carta final de algún destino.
Quiero continuar y me siento mediocre.
Yo me senté acá para escribir la historia sobre aquel viaje al Tigre. Con alguna que otra tergiversación, como siempre.
Pero me quedo pensando en las nubes, en la oscuridad.
Y comienzo a sentirme como un colador.
En realidad, nunca antes había pensado en los sentimientos de los coladores. Ni ahora. Pero pienso que no estaría nada mal concentrarme en eso. En cómo será la triste vida de un colador.
En la frustración que debe despertar saber que, casi nada, va a quedar entre tus manos.
Y pensando en coladores y en agua, recuerdo la historia del Tigre.
Pero ahora no puedo escribirla. Ahora me gustaría estar comiendo un limón, y ensayar distintas caras ante su acidez. Pienso en dormir en una hamaca paraguaya, con las hojas de los árboles dibujando sombras entre mis piernas, entre mis manos.
Vuelvo al colador, me pregunto por qué las hojas de los árboles me llevan de nuevo hacia ese lugar. Que surgió tan solo porque no puedo escribir la historia del Tigre.
Ahora me releo y no puedo continuar.
Debería analizar por qué tan solo puedo escribir, unos versos de mierda.
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