Siempre quise escribir una canción. Por ahí hoy es el día. Yo creo que las cosas siempre hay que empezarlas algún día para que existan. A veces me siento un genio por descubrir. Y otras, incapaz de escribir una oración como la gente.
Pero ahora me decido a escribir, algo.
Cuando te conocí me llamaron la atención tus dientes, siempre te lo repito.
No le prestaba mucha atención igual, no más que a tus dedos. Me deslumbraba ver cómo se movían, admiraba la capacidad de poder sacarle música a una cajita con esa forma. Siempre quise poder hacerlo, pero me di por vencida demasiado rápido. Nunca le había prestado atención a tus colores, hasta que empecé a escucharte, no sólo a verte sonreír. O hasta cuando te escuché cantar. Me deslumbró, pero como en esa época vivía en la tierra del olvido y lo pseudo profundo me olvidé.
No me acuerdo bien qué día dejé de vivir en el fondo del mar y decidí volver a la primavera, no sé cuando dejé el ausentismo y volví a mis colores. Tampoco sé si es importante acordarse de eso. Pero mejor cambiemos por las cosas que sí me acuerdo.
Me acuerdo del timbre E y de una chica con voz “aflautada” (como me había dicho Sofi) abriendo la puerta, de un pasillo largo y de dos pibes rapeando, uno tenía una remera amarilla y gris, y sacaba música de la cajita moviendo rápido los dedos. El otro me habló de un travesti y de su forma tan particular de fornicar. Me acuerdo de mi par de medias y de un vino caro, en un vasito de plástico. Del camino al kiosco y de las ganas de tirarme en la cama que me dieron. De una charla acerca de la literatura, y de una pregunta: ¿Qué es la realidad? Me acuerdo de mi no respuesta y de un chico de rulos arriba de una moto. De un disco de Serú y de Sofi comiendo torta y de vos cebando mate. De que el sol había dado fin a la noche.
De vos, sonriente. De mi desconcertada. Y de que ese día empezaron a volver los colores.
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